Las
guías Baedeker fueron pioneras en describir países lejanos a los
turistas, y la imagen que ofrecían de España favoreció la aparición de
los estereotipos

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Cuéntame, versión 1898
Quien se acerque a estas guías, que pueden consultarse de forma gratuita en Archive.org, quizá no se sienta identificado con lo que en ellas se explica de nuestro país. Según asegura la edición de 1908, el viajero puede comunicarse perfectamente con los locales aun sin saber español, puesto que “se habla inglés o francés en casi todos los hoteles”. Además, afirma la guía, “el español de las clases bajas no está falto de sentimiento nacional, pero muestra un sentido común y un rechazo a los disparates mucho más saludable que sus superiores”. Eso siempre y cuando se cumplan dos principios: ser igual de cortés con todo el mundo (“incluso el individuo más humilde desea ser tratado como un caballero”) y evitar ser un maleducado, puesto que “ello sólo conseguirá que se inflamen las pasiones de los analfabetos”.
Los cuidadosos policías, con el fin de evitar que los malhechores se escapen, arrestarán a cualquiera que se encuentre en su caminoEso sí, alerta la guía, si nos hemos perdido y nos vemos obligados a preguntar a alguien, “es preferible que éste vaya bien vestido”. El volumen alerta que se debe evitar el contacto con “todos los miembros de las clases bajas, que siguen los pasos de los viajeros en ciudades como Burgos, Ávila, Toledo y Granada”. En caso de que nos asalte un niño, se recomienda utilizar la palabra “anda” para librarnos de ellos. Y si, aun así, todo se tuerce, siempre podemos recurrir a la Guardia Civil, “un cuerpo selecto de buenos hombres dignos de confianza” que han conseguido mantener el bandolerismo a raya. Eso sí, en caso de que explote un disturbio, conviene salir por patas, puesto que “los cuidadosos policías, con el fin de evitar que los malhechores se escapen, arrestarán a cualquiera que se encuentre en su camino”. Hay cosas que no cambian.
¿Vagos y maleantes? Las guías se regodean en la ociosidad del español. No sólo dedican un párrafo a recordar que, según una investigación del Gobierno del año 1896, de los 19 millones de habitantes en el país, casi 9 millones no tienen ninguna ocupación. Además, recuerdan que la mendicidad es “la plaga nacional de España”. “Innumerables personas la llevan a cabo por pura vaguería; otros lo hacen para pasar el tiempo; muchos porque lo ven como una profesión sencilla y rentable; y sólo unos pocos por auténtica necesidad”, afirma la guía. Básicamente, esta concluye que los mendigos acosarán al viajero en cafés, plazas, museos, estaciones de ferrocarril o carreteras hasta que suelte unos céntimos. Eso sí, a los niños ni agua, especifica el libro.

Un pequeño tour por Madrid, Barcelona y el País Vasco
Las guías no tienen nada que envidiar a los volúmenes actuales. Es más, es probable que resultase poco recomendable viajar con ellas, ya que con sus 800 páginas no son demasiado manejables. El nivel de detalle en ellas es envidiable incluso según los estándares de hoy, y uno puede encontrar callejeros de ciudades como Sagunto o descripciones pormenorizadas de museos como el Prado. Pero hagamos un breve viaje por tres importantes regiones como Madrid, Cataluña y el País Vasco. ¿Qué encontraremos en ellas?

La capital fue elegida por Felipe II a pesar de que carece de todas las condiciones naturales para ser una gran metrópolisTampoco pueden quejarse los catalanes, que son descritos como “hombres nacidos para el negocio, como los vascos”, algo que contrasta con “los lentos castellanos y los vagos andaluces”. Se destaca su papel como exportadores y motor económico de la nación, y recuerdan que la máxima de “gran caballero es Don Dinero” se aplica a todos sus tratos. De Barcelona, con 500.000 habitantes por aquel entonces, se destaca su clima y, como haría una guía moderna, la Rambla, la Estatua de Colón, la Boquería, el Teatro del Liceu, Plaza Cataluña y el moderno Paseo de Gracia, que había sido fundado apenas unas décadas antes.
Si al viajero le quedaba tiempo libre, todavía podía visitar Castilla y Madrid, eso sí, a su propia cuenta y riesgo. Las tres cuartas partes del país son áridas y oscuras, y la Meseta Central, a una altura de 5.000 pies, “parece el norte de África o la estepa rusa”. “En La Mancha hay grandes extensiones donde hay nada”, reza el texto, y Castilla-La Nueva “es reducida a un tono extraño y deprimente de gris amarronado”. Al menos, Madrid corre mejor suerte, por lo menos el Palacio Real, el Rastro (que compara con la romana Plaza Navona), la Casa de Campo, Nuestra Señora de la Almudena (que por aquel entonces estaba siendo construida), el Paseo de la Castellana, el Prado y el Retiro. Su clima es “poco favorable” por sus repentinos cambios, “su importancia actual es una creación política y una necesidad histórica” y, por si eso no fuera poco, “la capital fue elegida por Felipe II como una vedete en medio de muchas otras, a pesar de que carece de todas las condiciones naturales para ser una gran metrópolis”.














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